El cura que 'salva' matrimonios de las 'enfermedades del
espíritu'
Sordera, alzheimer y
ceguera a intereses de la pareja debilitan las uniones, dice Ángel Espinosa.
“Para hacer feliz a una mujer se necesita solamente ser amigo,
compañero, amante, hermano, padre, maestro, chofer, educador, cocinero,
mecánico, plomero, decorador de interiores, estilista, ginecoobstetra,
psicólogo, psiquiatra, terapeuta, simpático, atlético, cariñoso, atento,
caballeroso, inteligente, imaginativo, creativo, dulce, fuerte y comprensivo,
tolerante, prudente, ambicioso, capaz, valiente, decidido, respetuoso,
confiable, apasionado y ganar mucho dinero... Es la cosa más sencilla del
mundo. En cambio, para hacer feliz a un hombre solo se necesitan intimidad y
comida. Señoras, los hombres son una ganga”.
Según estas palabras del sacerdote mexicano Ángel Espinosa,
parecería más sencillo ganarse la lotería que encontrar la felicidad en pareja.
Pero, al contrario de esto, lo que hace este religioso es demostrar que esa
larga lista de cualidades no es un requisito para convivir con éxito.
Fiel al mensaje del papa Francisco, quien hace un par de
semanas, durante una audiencia general celebrada en la plaza de San Pedro,
bromeó al afirmar que cuando una pareja pelea “no hace falta llamar a las
Naciones Unidas”, el padre Espinosa se ha ganado el reconocimiento en América
como experto en salvar matrimonios.
Según el Censo del 2005, en Colombia cerca del 5 por ciento de
la población en edad de casarse dice ser separada o divorciada. En Estados
Unidos, el porcentaje de separaciones llega al 50 por ciento, mientras en
Europa una de cada tres parejas termina su relación.
Una de las tesis que originan los rompimientos, según el padre
Espinosa, surge de las “enfermedades del espíritu. Allí clasifican males como
la sordera, el alzheimer y la ceguera, que son las que debilitan las uniones”.
Perteneciente a la orden de los Legionarios de Cristo –cuyo
fundador, Marcial Maciel, cercano al papa Juan Pablo II, implicado en
escandalosos casos de pederastia y otros abusos que han sido reconocidos
incluso por el mismo Vaticano–, Espinosa visitó en días pasados a Colombia,
país donde vivió un año luego de que se le encargó, de manera temporal, la
rectoría del colegio Cumbres, en Medellín.
En 1996, dos años después de ordenarse, dio su primera y única
conferencia –porque las de hoy las define como reflexiones–. Enfocado en las
relaciones de pareja, el padre Espinosa incluso aborda temas como la intimidad
conyugal. “No vengo a enseñar cómo se hace, vengo a decir todos los elementos
del interior, del alma. Lo demás háganlo ustedes, es la parte fácil”, dice.
Autor del libro El anillo es para siempre, compartió en su
visita a Bogotá reflexiones sobre cada situación que enfrentan los matrimonios
en su charla ‘Ponle fuerza a lo débil’.
¿Cómo surgió la iniciativa de trabajar por los matrimonios?
Desde cuando me ordené me pusieron a trabajar con adultos, y a
los 20 días estaba lleno de problemas de gente que venía a verme para hablar
del matrimonio. La vida es un problema, todos los tenemos, los curas también,
pero en el matrimonio es complicado porque un cura tiene su relación con Dios y
uno es el único que puede fallar, pues Dios nunca lo hace. En el matrimonio, si
una mujer pone todas las ganas del mundo, ¿por qué el marido no responde?
Oyendo y oyendo, dije: ‘Hay cosas que se deben decir en público’. Así fue como
me pidieron la primera charla, que no es una conferencia, porque no vengo a
enseñar nada, y menos a los laicos cómo vivir el matrimonio, pues cualquiera me
dirá que yo qué sé.
¿El aumento de separaciones permite suponer que el matrimonio está
en crisis?
El matrimonio no está en crisis. Es el mejor esquema que hay
para una persona que no ha sido llamada al sacerdocio. Los que están en crisis
son el hombre y la mujer, y no porque se esté acabando el matrimonio, sino
porque no hay sinceridad, justicia en los negocios ni respeto. Están en crisis
la honestidad y la verdad. Son más los que están casados, pero hacen más ruido
los divorciados. Uno se entera de quién se divorcia, pero no de quién está
casado.
Cruzando a la otra orilla, ¿existe un matrimonio ideal?
El matrimonio ideal es ese en el que no se han faltado el uno al
otro, en el que se llevan bien, donde hay diálogo, intimidad. Sí puede existir,
pero no la persona ideal, que sería honesta y fiel, que sabe amar, que se deja
amar y apreciar. Si dicen ideal porque es alto y guapo, esas son estupideces.
Cuántos matrimonios no hay de dos gorditos. En cambio, esa mujer con qué
cuerpazo puede haber tenido dos o tres matrimonios, y hasta le han puesto los
cuernos. Si la belleza no es interior, sino solo exterior, del cuerpo te
cansas. El cuerpo tiene fecha de caducidad; el alma, no.
¿Es ahí donde aparecen esas ‘enfermedades del espíritu’?
Primero, hay que aceptar que todos podemos estar enfermos de
algo, y esas son las enfermedades del espíritu. Segundo, ver cuál es
concretamente nuestro mal. Manejo entonces todos esos síntomas y al final les
digo cómo hacer para salir de esa enfermedad para ponerle fuerza a lo que era
débil.
¿Pero cuáles son esas enfermedades?
Los ciegos, los sordos, los mudos, los mancos, los de déficit de
atención, los escleróticos y los tetrapléjicos. Ciego es el que no ve todo el
mal que hace o todo el bien que deja de hacer en su casa. Sordos, los que no
saben escuchar, esos que siempre tienen la razón. Mudos, los que no saben
transmitir sus sentimientos. Los que sufren déficit de atención son los que no
se concentran sino solo en lo que les conviene, en el dinero, en el trabajo, en
los amigos. El alzhéimer, los que no se acuerdan de lo que prometieron cuando
se casaron.
¿Y la infidelidad? ¿Puede ser esta una de las mayores causas de
divorcio?
La infidelidad es una consecuencia, porque dos personas
enamoradas no se fallan. Hoy, mucha gente llega al matrimonio sin estar segura,
sin estar enamorada, sin haberse conocido bien. No es que ‘a mí me dejaron
porque fui infiel’. Se empieza por perder la comunicación y los detalles... La
vida entre los dos deja de ser agradable. Entonces, conoce a otra persona y
‘como estoy insatisfecho...’. Por lo general, primero es el desamor en la
pareja y luego, las consecuencias.
¿En esas parejas que no se han casado puede ser el sexo un
problema?
Además de que no es tu marido ni tu mujer, y no tienes derechos,
esa relación se puede romper y es cuando se crea una sociedad promiscua. Y el
día en que te cases, piensas que tu mujer ha estado con cuatro... El sexo puede
ser tan bonito, tan placentero que deja ciego y aleja el interés de conocer al otro.
Cuando llega el matrimonio, el sexo es la cosa más común del mundo, tres veces
a la semana, o cada vez que se quiera. Ahí empiezan a salir los problemas: ‘No
me di cuenta de que tenía una familia espantosa, que no se supera’.
Aparece entonces el divorcio... ¿Pero este, más que una solución,
puede representar un problema?
Antes de que existiera el divorcio la gente se peleaba, pero
sabía que el matrimonio era para siempre y cedía. Cuando se le abrió la puerta
al divorcio, esto es un desastre porque sabes que siempre está esa posibilidad.
Hemos entrado en la cultura de lo desechable, de ‘lo que ya no sirve se bota’,
mientras antes las cosas se arreglaban con el diálogo y la comunicación.
¿Cree que la Iglesia debería hablar del matrimonio de una forma
más dinámica, tal vez como usted lo hace?
Yo soy mediático aunque nunca lo busqué ni me preparé para eso,
y sé que no soy el único ni el mejor, tengo modelos. Acaba de morir el padre
Jorge Loring, un sacerdote español modelo de bondad. El padre Ignacio Larrañaga,
que también murió, aunque no hacía reír a nadie, a todos los tenía agarrados
completamente. Se nos ha hecho mala fama, como eso de que ‘habla peor que un
cura’. Mi método es cuestión casi de familia porque en mi casa nos reímos de
todo, y por eso cuando comencé a ver que una buena forma de enseñar a la gente
era hacerla reír, incluso de sí misma, entonces empecé a aplicarlo.
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